viernes, 26 de febrero de 2010

Mi pie

Siempre en posición horizontal. De preferencia el izquierdo. No sé por qué es el que recuerdo inmediatamente al pensar en pies. Cuando escucho la palabra, comienzo invariablemente a sentir un hormigueo con el que me reclama. ¡Aquí estoy!, no me olvides. Y es que siento que tiene un verdadero afán de protagonismo. Puede ser porque sea el mayor, (es el más grande de los dos) es el primero que quiere dar el paso, (aunque los demás lo consideren de mala suerte) es el que se ha lastimado por intrépido en demasiadas ocasiones.
Al principio no tenía arco. Fue el primero en visitar al Señor Ortopedista que con paciencia y astucia lo fue moldeando para contrarrestar la genética siria de pié de torta. Muchas plantillas, zapatos de botita y burlas en la escuela hicieron la magia que me permitió tener un arco aceptable para bailar ballet.
La punta de mis pulgares es cuadrada, no recuerdo si así han sido siempre, quiero pensar que de forzar los dedos por el arte que olvidé hace casi una década tomo esa forma. Pero si recuerdo con dolor cómo la uña del pulgar izquierdo cobraba la factura en cada pirueta, mostrándome con lágrimas de sangre que no estaba de acuerdo con mi forma de expresión.
Le costó mucho tiempo ser “estético” en mi adolescencia parecía tener gigantismo, el calzado infantil no era adecuado y el de adulto era impropio para mi papá. Usaba tenis. Eso fomentaba mi atuendo desgarbado, de puberta indefinida, queriendo usar los tacones más bellos pero teniéndose que conformar con los zapatos más terribles por lo desafortunado de su tamaño. Llegó el momento en el que todo funcionó. La talla era adecuada a la edad, el estilo del zapato podía elegirlo yo y me dediqué a explorar la infinidad de modelos que el comercio me ofreció. Fui definiendo un estilo, y ahí; siempre el izquierdo en cada probador, siendo el conejillo de indias para una ruta inexplorada, ya que el izquierdo define lo que el derecho debe usar. Punta redonda, punta afilada, planos, tacón de 12 centímetros, todo un universo de opciones que con el paso del tiempo lo hizo ser más caprichoso.
Justo esos caprichos lo convirtieron en un elemento bastante tímido, perfecto para expresarse al caminar o bailar, pero totalmente pudoroso al encontrarse descalzo, en presencia de otros. Quizá esa timidez es la que lo hace enigmático.No se acomoda con cualquier textura, tampoco con cualquier corte. Es el primero que se queja cuando hay que recorrer la ciudad, pero siempre se mantiene firme.
Se queja; mucho, sobre todo cuando el talón está en las alturas. A veces decide desaparecer. Dejo de sentirlo, otras veces manifiesta su inconformidad haciendo portavoz de la molestia al integrante más pequeño. El meñique, que es el que más sufre, pero que al descalzarse toma esa forma que invita a consentirlo.
Es el izquierdo el que resiste, el que sostiene, el más fuerte, y también le dicen que es el más bello. En ocasiones olvida el pudor y se convierte en un ser voluntarioso, explorador y aventurero.
Tiene su propio sentido de la coquetería. Es seductor. Creo que la seguridad con la que se expresa en determinados momentos tiene su fuerza en un lunar que mi mamá tiene en el mismo pie; y que cuenta la leyenda también tenía mi abuela materna.
¿Cuántos instantes han sido marcados por ese lunar? No lo sé, pero sí sé cuantos dedos han recorrido, cuantos ojos han admirado y cuantos labios han besado ese diminuto pero atractivo lunar que por su ubicación no alcanzan el mote de "peca" pero que han sido la pauta para cometer muchas cosas que los demás considerarían pecados.
Ahí, reposando discretamente a un lado del tobillo. Silencioso, casi invisible, pero con un magnetismo que una vez detectado ha tenido la habilidad de despertar una innumerable cantidad de fantasías. Algunas prohibidas, otras cumplidas pero todas con el común denominador de dejar un rastro en la piel que provoca escalofríos solo de recordarlas.
He llegado a pensar que son esos escalofríos los que definen su paso, que validan su proceso, y que con complicidad marcan el ritmo de su andar.

martes, 9 de febrero de 2010

La tarde en que Tamarinda..... dejó de existir.


Hubo un caos... el esperado. Me enfrenté al más grande de mis miedos, (de ladito porque soy cobarde). Abri la boca... dejé que Libertad Lamarque hablara más no cantara y de hecho hizo algo digno de un Tango.


Ví la verdad, esa a la que le tenía tanto miedo. Pude escuchar pieza por pieza los añicos de mi corazón caerse al piso... Respiraba profundamente conteniendo las lágrimas y sobre todo procurando que los dedos no mancharan de ira algo que tenía que ser, bonito.


Te he dicho que soy cursi? lo sabías? Sabías que soy una soñadora empedernida, que me hago ilusiones con cualquier cosa, que tengo la habilidad de canonizar a los seres humanos, tenerles devoción y hacerles clubs de fans?


Hay tantas cosas que no dejé que supieras de mi.... y por eso me convertí en Tamarinda..


Esta tarde algo pasó; el molde de Tamarinda se rompió, y poco a poco empecé a vomitar sin poder detener a Tamara, la verdadera, la que siemrpe estuvo ahí; guardada, dormida y amordazada. La que tenía que ser para estar contigo.


Siempre tuve pánico de ser yo misma. Vergüenza de mis cursilerías, por aquello de las décadas. Pero en fin. No se resistió más. Salió, embarró las paredes, causó en desastre digno de un DN3, el huracán movio todo lo inamovible pero después de ese instante... de esa hora u hora y media de tensión. Tal y como lo dice el viejo y conocido refrán... llegó la calma. Así se vió la tarde y de hecho hasta la tierra tembló.

Será que eso signifique algo?